domingo 23 de septiembre de 2007

Tratar la identidad

Héctor Tizón nos brinda con “El Hombre que llegó a un Pueblo”, la nostalgia de un individuo sin nombre que busca ser alguien en un pueblo sin voluntad.

El título de la obra es un buen primer acercamiento a la historia: “El hombre que llegó a un pueblo”.
Efectivamente, la obra relata las peripecias de un individuo que llega a un poblado, pero no es esto lo que crea intriga en la trama sino la construcción de este “hombre”.
El relato trata de manifestar la crisis de identidad del sujeto y el reconocimiento de la persona y, al mismo tiempo, determinar el rol que el pueblo cumple en todo esto.
El hombre flaco, como se lo llama al extraño que arriba al pueblo, carece de energía propia, pero hace suya la voluntad de los pueblerinos. Se convierte en aquello que el colectivo le pide. Es este ser fingido, este impostor, no el verdadero viajante, el que será respetado al aceptar los pactos que se le ofrecen.
Al lector en la obra también se le ofrecen pactos y, con éstos, opciones para abordar la historia. O puede renegar e imposibilitar la lectura, teniendo presente todo el tiempo que el protagonista es un farsante. O bien, puede empezar a creer con él. Creer en el individuo que se va convirtiendo, debido a la presión de toda una comunidad, en lo que todos desean que sea: la voluntad de un pueblo.
De esta forma, la vida de los aldeanos se tiñe con una insoportable falta de compromiso, una incapacidad de acción sin previa autorización, en la que toda disposición reposa en la sabiduría de un forastero.
Todos, en algún momento de nuestras vidas, nos encontramos ante la posibilidad de experimentar lo que es ser lo que los otros esperan que seamos. La cuestión radica en hacerlo o no, fingir o ser auténticos, transgredir o conformar.

Se pregunta el autor: ¿Somos lo que creemos ser, o somos lo que los demás creen o quieren que seamos?

Otra opción de análisis http://www.lacapital.com.ar/2005/07/31/seniales/noticia_215777.shtml