Una reflexión sobre la afirmación: “sobre gustos no hay nada escrito”.
Constantemente, y desde los tiempos más remotos, se ha escrito sobre gustos, gustos construidos convencionalmente, gustos guiados por la ética o, inclusive, gustos que uno cree completamente propios y originales.
Un ejemplo de esto es la obra de Jean Racine, “Fedra”, que toma un mito griego y lo adecua a las exigencias de una época.
El tratamiento de la fábula que efectúa Racine está absolutamente condicionado por el marco social en el que se desenvuelve el autor y por la relación de éste con su obra. Intenta adaptar la historia a un contexto de restricciones; con el fin didáctico que debía tener la obra, en esos tiempos, para el público cortesano, principalmente atendiendo a la “literatura de la civilidad”, que tenía como fin exponer y enseñar los modales legitimados por la sociedad.
Racine, siguiendo las normativas, reestructura el mito adaptando los personajes como Fedra e Hipólito; en Fedra el único error es “sentir”, y la consumación de las acciones debe pasar por un filtro de época. Como Racine dice en su prólogo:
“He creído que la calumnia era algo demasiado ruin (…) y aborrecible para ponerla en labor de una princesa que muestra por otra parte sentimientos tan nobles y tan virtuosos”.
